El edificio. David Monteagudo.
Acantilado (Barcelona, 2012).

David Monteagudo me inquietó con Fin (Acantilado, 2009), la ópera prima con la que alcanzó gloria y notoriedad, y me convenció con Invasión (Candaya, 2015); pero con El edificio me ha conquistado definitivamente: no tengo dudas de que leeré sus otras dos novelas —Marcos Montes, 2010 y Brañaganda, 2011—, ambas publicadas en Acantilado, para recorrer de forma extensa la obra de un autor con un estilo de tanta calidad como de inconfundible sello.

A quien quiera conocer los diferentes registros de David Monteagudo —que transitan desde la exquisita descripción hasta el más desasosegante suspense—, le recomiendo esta obra que ofrece un menú degustación con 18 relatos, únicos, intensos, de prosa tan contundente como elaborada. Arranca con Informe sobre Aridia, una pulcra alegoría sarcástica —de clara influencia borgiana—, acerca del capitalismo autodestructivo y de la alienación de sus ciudadanos: «Para la civilización de los aridianos, el mundo es un gigantesco edificio que alberga a toda la humanidad, y que se desplaza sobre una infinidad de ruedas, empujado por la fuerza motriz que le imprimen, desde el interior, sus propios habitantes». Se me antoja que esos habitantes —seres que resultan anónimos desde la indiferencia de quien elabora un informe—, cobran notoria significación al observarlos bajo la lupa de quien se ha librado de pedalear doce horas diarias y contribuir a que el edificio avance; y se me ocurre también que esos anónimos personajes cobran vida en cada uno de los relatos que, a partir de éste primero, componen el libro.

De corte realista y de excelsa precisión léxica en la descripción de los marcos y las secuencias, David Monteagudo parte casi siempre de lo cotidiano para conducirnos hacia la zozobra del inminente abismo; sumerge al lector en una apnea literaria sin exención. Como nota dominante, los relatos parten de cualquier elemento usual, habitual. Pero allí donde otros pasarían de largo, o apenas encontrarían una excusa para detener la mirada, Monteagudo halla el elemento perturbador con la sutileza perspicaz del médico que, ante la anodina tos del niño, atisba la letal enfermedad. La simple presencia de una araña, La araña, que pasaría apenas inadvertida para cualquiera, estremece al lector desde la mirada microscópica, kafkiana y siniestra, de quien anticipa su ataque.

Pero esta habilidad no está al alcance de cualquiera. No. Para ello, para conseguir aprehender el mundo de tan peculiar manera, no sólo hay que haber dejado atrás las ensoñaciones de El escritor en ciernes, aquél que ambiciona fama y gloria, pero que posterga sine die el arranque de su obra y no va más allá de leer a los clásicos sentado en la taza del váter. No. Para ello, para captar la esencia de cuanto nos rodea o nos define, no sólo hay que contar con un cerebro y dos ojos, hay que contar, además, con El punto luminoso, el agujero creciente, percibido en el interior del propio órgano sensorial, como hecho por el fuego en una hoja de papel que, al agrandarse, permite asistir no a un mundo ignoto ni a otra época. Lo que se entrevé al otro lado son escenas cotidianas, domésticas, fragmentos incomprensibles extraordinariamente confusos de la vida de unas personas. Así, con ese estilo quirúrgico y malicioso, nos conduce con insoportable tensión a El Verraco, el relato en el que un cerdo mastodóntico de cuatrocientos kilos duerme la siesta mientras una niña, la pequeña Clara, sigue avanzando hacia el animal, repelida y atraída al mismo tiempo por el penetrante olor que emana de sus testículos.

En El edificio, la contradicción y la paradoja se unen en episodios tan simples, que dan lugar al terror más inesperado. ¿Cómo si no ha de convertirse uno en un atracador —quién sabe si en un violador o en un asesino— cuando justamente lo que se pretende a toda costa es evitar que quien nos precede en La escalera pueda suponernos un peligro? Lo inocuo emerge en amenaza insalvable cuando ésta adquiere connotaciones aciagas través de los ojos de sus personajes. O como en La casa en la ladera, la casa que tanto tiempo ha pasado inadvertida y que, sin explicación posible, se antoja un día tan magnética que no puede dejar de mirarse, y nos tienta en cada regreso de la jornada laboral a contemplarla, no sin riesgo de perder el control y estampar el vehículo.

Con todo, lo que desconcierta y abruma no siempre emerge del exterior; pues un simple nombre, Julián González, puede convertirse en tormento por el mismo hecho de haber evocado su rostro y una época, quizá gloriosa en lo laboral —por rutinaria que entonces fuera—, que alimenta el deseo morboso de un encuentro fortuito, inesperado, pero necesario a toda costa y que se transforma en intrusiva e incesante obsesión.

Sin embargo, la máxima expresión de lo expuesto, así como el mayor suspense, se alcanza en El globo en forma de caballito, pues el flotante artilugio —comprado a última hora en el último día de feria para el inocente sobrino—, es capaz de desatar con su mirada oblicua y sarcástica, con aquella risita intencionada y que iba dirigida solamente a mí, en tono de burla y de reto la ira paranoica, la venganza incontenible, de quien habrá de acabar con la vida del ingrávido divertimento.

Pero además, Monteagudo nos obsequia, entre otros, con varios relatos autobiográficos: de su época de casteller en El grito, con el que muestra la respiración contenida de miles de personas en la Plaça de la Vila a la espera de que se culmine la torre humana típica dels Castellers de la Festa Major de Vilafranca; o de su época de atleta en La carrera, para hacer vivir al lector el frenesí, la estrategia, la tensión y el esfuerzo del corredor de medio fondo; o de su época de operario en la fábrica de cartón en La disputa, en el que muestra los conflictos laborales, la presión y la tensión de quienes temen el inminente despedido; y, quién sabe si en La fiesta de la escalera no nos estará relatando el júbilo desacompasado de unos cuantos vecinos que un día celebraron que otros —ruidosos, zafios y alborotadores—, por fin se hubieran marchado.

Ante tanto virtuosismo, no es de extrañar que, de buenas a primeras, sin saber cómo ni por qué, Monteagudo soñara un día que aparecía en un escenario frente al expectante público como El duque de Mantua, y acabara por arrancar del respetable, tras un inesperado y estelar acto, sonora ovación.

No lo duden, Monteagudo está llamado a perdurar, como están llamadas a eternizarse las grandes óperas.