Kapitoil. Teddy Wayne.
Traducción de Marta Alcaraz.
Blackie Books (Barcelona, 2010).

 

Lo peor de entrar en el juego de lo políticamente incorrecto es la actitud basada en el cinismo, la necesidad de llevar todo al terreno de la hostilidad y la provocación sin finalidad; por otra parte, el mejor provocador es aquel que no es consciente del todo (a veces es completamente inconsciente) de su provocación. El primer libro de Teddy Wayne contiene mucho de esta ingenuidad de doble filo que permite una observación directa y personal sobre el mundo del capitalismo. Libros como el suyo aportan un punto de vista poco habitual.

Pero no deberíamos entender Kapitoil como una crítica en sentido estricto. Ahí se encuentra su acierto: librar al lector de la pereza de un análisis posmoderno sobre el 11-S (o de una lectura basada en la actualidad más fogosa); Wayne lleva nuestra posmodernidad a un relato limpio de prejuicios, de estructura lineal y sin tramas intricadas; a la vez, la elección de un personaje como Karim responde a una visión radicalmente contemporánea.

Estados Unidos atravesó en la segunda legislatura de Obama (época de la publicación de este libro en su país) una serie de desafíos similares a los de la generación perdida, iniciada en el año 2000: la disminución de privilegios para la clase media, la alarma ante inéditos movimientos migratorios, una creciente desigualdad social, el debate sobre la propiedad privada y el ámbito público, las referencias a fantasmas del pasado como los que vivieron en Wall Street o extrajeron petróleo en el sur de California a principios del siglo XX (léase ¡Petróleo!, de Upton Sinclair). Según expertos como Jared Bernstein, investigador en el Centro de Prioridades Políticas y Presupuestarias en Washington D. C., “los analistas han identificado estos factores: los avances tecnológicos que favorecen a trabajadores altamente cualificados, la globalización que daña a trabajadores de cualificación media (sobre todo en el sector fabril), los grandes y persistentes desequilibrios comerciales, la pérdida de poder sindical, el descenso del salario mínimo, los elevados índices de paro, los cambios regresivos en la legislación tributaria (en particular, los que favorecen los ingresos no salariales, como la revalorización bursátil), el crecimiento del sector financiero durante la burbuja”. Todos estos factores aparecen en Kapitoil, junto a una obsesión particular de su autor: el individuo que se siente extraño en cualquier parte, incluso cuando regresa a su lugar de origen. Experiencia que, por cierto, ha confesado pasar él mismo a su regreso a Nueva York de Missouri.

Teddy Wayne escribió su libro tras una aventura literaria frustrada, unos cuantos relatos que no pasaron el corte de trabajo para la universidad, la escritura de un guion para Seinfield que no llegó a producirse, y como último fruto, el despido de su trabajo como corrector de solicitudes para posgrados. De este perturbador contacto con invisibles solicitantes procedentes de China, Japón, o Corea del Sur, y de su trato con banqueros asiduos a clubes nocturnos y artistas liberales de Brooklyn, tomó suficientes datos para formar la historia del brillante informático Karim Issar, qatarí que ocupa temporalmente un puesto en la sucursal de una multinacional para actualizar los ordenadores antes de que el ya olvidado efecto 2000 causara estragos en la empresa. Desarrolla una curiosa relación laboral con sus compañeros de habitáculo, una hermosa historia de amor e incompatibilidad con su compañera Rebecca, y un fabuloso programa (Kapitoil) que permite predecir los movimientos del crudo, lo que le hace progresar en su vocabulario (se incluye en cada capítulo un rico glosario de nuevos conocimientos) y escalar en su posición económica y social. Lo curioso es que esos logaritmos parten de las noticias y la actualización de los artículos en una incipiente era digital. El año: 1999. Demasiado pronto para casi cualquier signo de progreso que hoy pertenezca a lo cotidiano.

La fórmula de Teddy Wayne funciona para nosotros porque nos importa Karim. Nos cae bien su lenguaje técnico pero sin frialdad, preciso sin llegar a mecánico, el modo en que deja de ver a las personas como números y las comprende como organismos. Mientras nos acostumbramos a él, va descubriendo mucho de lo que solemos dar por sentado: la música que consideramos necesaria, la comida para llevar, los libros que han acabado con Occidente. Y la variable más interesante: una situación delicada en la que el protagonista (quien por una vez puede decidir) asume que no puede desprenderse de su entorno familiar y sus tradiciones. A fin de cuentas, tampoco hace falta armonizar lo verdaderamente irreconciliable: Kapitoil está entre las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, pero uno duda entre recomendarla a todo el mundo, o guardarla porque quiere disfrutarla en secreto.