Los náufragos del «Batavia». Anatomía de una masacre. Simon Leys.
Traducción de José Ramón Monreal.
Acantilado (Barcelona, 2011).

Una de las cosas que más me gustan (y me pierden) de explorar las bibliotecas municipales es que a menudo me encuentro con pequeñas joyas inesperadas, escondidas entre las referencias y las letras adyacentes. Una de ellas fue el relato que Simon Leys realizó sobre la catástrofe del Batavia, una especie de Titanic del siglo XVII y orgullo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que naufragó cerca de Australia en su viaje a Java. Entre los supervivientes del navío (hundido con tesoros de gran valor) se encontraba un exboticario con tintes de psicópata, de nombre Cornelisz, que empujó a los náufragos a una brutal escalada de crímenes y desató el terror en el archipiélago de los Abrolhos, formados esencialmente de arena y pozos de agua dulce. En ochenta páginas fascinantes, el escritor belga desentraña la personalidad de los protagonistas de la historia y analiza con precisión los hechos de esos meses transcurridos desde el hundimiento (del 3 al 4 de junio de 1629) hasta el rescate de los últimos náufragos. El claro mensaje va encerrado en una cita de Edmund Burke: “Para que triunfe el mal solo hace falta que la buena gente no reaccione”. Y de fondo, como caudal, dejó el verso de Eurípides que se encuentra en Ifigenia en Táuride: “El mar lava todos los crímenes de los hombres”. Una frase que nos recuerda a la del profeta Miqueas, pero transcurriendo por vías distintas de pensamiento.

El librito contiene indagaciones sobre personajes tan oscuros e interesantes como el pintor Torrentius, el sobrecargo Francisco Pelsaert, o el patrón del pecio, Ariaen Jacobosz. Para quienes disfrutamos y aprendemos con los relatos de exploración geográfica tomados como base para la exploración del alma humana, es un texto más que recomendable, pues tiende con excelencia puentes entre la composición de la sociedad de la época y los argumentos sobre aquello que forma una civilización contemporánea:

“Una sociedad civilizada no es necesariamente una sociedad que tiene una proporción menor de individuos criminales y perversos (esta proporción es probablemente casi constante en todos los grupos humanos), sino aquella que simplemente les brinda menos oportunidades de manifestar y de satisfacer sus inclinaciones”.

Pero si por algo quiero destacar aquel trabajo de Leys (cuyo nombre verdadero fue Pierre Ryckmans, y falleció en agosto de 2014) es por su asombroso prólogo. Pues en el fondo esta es la historia de un libro naufragado. Leys nos lanza una inquietante advertencia: “¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto”. Durante dieciocho años, Leys trabajó e investigó en profundidad el suceso, tomando ingentes notas, viajando a aquellas islas deshabitadas, atento a todo lo que se publicaba sobre el tema, planificando hasta la obsesión el modo de abordarlo. Comenta que cada vez que salía un libro sobre el Batavia la tensión y el nerviosismo crecían, para bajar a continuación, cuando veía que el autor no iba por el mismo camino que él, o pecaba de falta de minuciosidad, o erraba en las conclusiones. Hasta que llegó Mike Dash y publicó un libro que desmoronó las aspiraciones de Leys.

Entiendo perfectamente esa frustración, ese temor a que tu texto se vuelva intrascendente, no por incapacidad creadora, sino por llegar demasiado tarde. Cuando uno trabaja en un libro, el miedo al naufragio es constante: se combate una presión interna, indudablemente; pero también puede darse una presión que resulta de ese miedo a que otro “se te adelante”, a que una idea quede desintegrada y sepultada por una pícara novedad que se ha anticipado.

Tratas de convencerte a ti mismo de que no pasa nada si alguien “ya lo dijo antes”. Sin embargo, ante la mínima sospecha de que tu libro lo ha escrito alguien corres a la librería más cercana para comprobarlo. Por no hablar de la sensación, totalmente falsa, de que el mundo gira oportunamente alrededor del tema que estás tratando, para convertirte en el único experto con voz autorizada. Con este panorama, Leys hace algo muy coherente y honesto (adjetivos insólitos entre escritores): admite que ha sido tocado (pero no hundido) y que ya no tiene nada que decir al respecto, da forma a sus notas y a su documentación, y arma una especie de guía con la esperanza de inspirar al lector para que este se aventure a entrar después en el libro de su compañero. Es decir: se da cuenta de que para sortear esta dificultad no se trata de llegar primero, sino más bien de llegar lo más hondo posible. Además del hecho de que cualquier libro siempre nos conducirá de inmediato a otro.

Actualmente el Batavia está cubierto de jirones y bocadillos de coral, mientras que la zona en la que se hundió se emplean como campamentos marinos para las temporadas de pesca de la langosta.