Ritual en la oscuridad. Colin Wilson.
Traducción y epílogo de Javier Calvo.
Libros del Silencio (Barcelona, 2011).

 

Estos son, a grandes rasgos, los  antecedentes de Colin Wilson:

1. Los Angry Young Men fueron unos escritores británicos que, si bien llamaron la atención en los años cincuenta del siglo pasado, con el tiempo acabaron por hartarse de protestar para desarrollar sus carreras en solitario, obteniendo mayor o menor fama pero una profundidad notable. Entre esos jóvenes explosivos y rabiosos estaban Alan Sillitoe, Kingsley Amis, Philip Larkin, Bernard Kops, John Osborne, Harold Pinter, y el señor Wilson (que falleció en 2013). Él y otros integrantes de esta hornada estaban más interesados en la filosofía y en la exploración de los “valores religiosos” (según Protest, texto del de Leicester) que en los cambios sociales y políticos y en la lucha por la igualdad de clases, razón por la que eran conocidos estos jóvenes. Su aparición tendió un puente que favoreció la trashumancia beat entre los Estados Unidos y Gran Bretaña.

2. A Wilson le atraían además la metafísica y el ocultismo. Escribió una biografía sobre Aleister Crowley. Escribió tratados sobre la telepatía, la cábala y el existencialismo. Le fascinaba Jack el Destripador. Era extremadamente prolífico y ameno. Tuvo un empuje crítico en sus inicios muy destacado, pero pronto fue condenado al ostracismo. Escribió Ritual en la oscuridad a los dieciocho, cuando trabajaba en una fábrica, aunque no fue hasta la publicación de The Outsider, unos pocos años después, cuando se atrevió a enseñarlo, habiendo pasado en un espacio de tiempo reducido por los elogios y el vapuleo de la crítica. La revista Time lo encumbró y luego lo empujó para que cayera al suelo en el mismo período: 1956. Ese primer libro publicado es un interesante análisis sobre el ser humano aislado de la sociedad, dentro de la obra de Dostoyevski, Camus, o Herman Hesse.

Ritual en la oscuridad, en cambio, es una especie de viaje iniciático a través de los impulsos más sombríos de la humanidad. En esta novela se narra la fascinación de Gerard Sorme, un aspirante a escritor lleno de frustraciones, por el tipo de vida y la aparente seguridad de Austin Nunne, un bohemio chiflado que esconde inquietantes secretos. Al mismo tiempo, en el barrio de Whitechapel donde vive Gerard, se produce una serie de crímenes aterradores. A medida que el chico descubre el universo de Nunne compuesto entre otros por: su tía Gertrud que acoge por igual a artistas y testigos de Jehová, la prima actriz y alegre, y un pintor muy angustiado… Sorme encuentra pistas que le conducen a la resolución de los crímenes y le llevan a un cautivador torbellino moral: no solo razona sobre las escandalosas aficiones de Nunne, sino que también lucha contra la idea de la justificación de los vicios y la crueldad. En las páginas de Wilson se bebe mucho té, se camina bajo la lluvia, se sobrevive a incendios y a charlas de alto nivel intelectual en las tabernas del Londres de la época.

Más allá de todo esto, tenemos en este libro a un personaje verdaderamente insólito. Se trata del padre Carruthers, antiguo profesor de Nunne, que vive en su buhardilla esperando el fin de sus días, permanentemente cansado junto a la chimenea pacientemente conservada, rodeado de libros y conspiraciones formadas alrededor de San Juan de la Cruz (algunas ideadas por él), además de otros temas incómodos. Pero no es un sacerdote de teología desvirtuada por la erudición, sino por los continuos rodeos alrededor del mismo dilema: proteger o no a Nunne de su moral distorsionada y de sus perversiones que van cada vez a peor, pues con esas perversiones aumenta la fascinación del protagonista por quien las comete.

El perspicaz sacerdote advierte a Gerard sobre los hábitos tendentes al dramatismo, ofrece más preguntas que respuestas, insiste un poco para que se convierta al catolicismo y repite al muchacho que no debe fiarse de aquellos que buscan un mero orden moral en la vida, pretendiendo pasar por ella sin experimentarla. Y aquí está uno de los puntos claves de la novela, situada en una época inmediatamente anterior a la eclosión del uso de las nuevas drogas sintéticas, en una plena ruptura con la antigua forma de vida conocida. Hoy, como lo hizo gran parte de aquella generación de jóvenes airados y mezclados con los beats, hablamos con ligereza de un “aumento de la realidad”, presumimos de conocer una amplia variedad de experiencias (sin llegar a vivirlas), obtenidas a través de lo que consumimos en el terreno audiovisual o en el populismo social. Pocos habitantes del mundo occidental hemos vivido de cerca alguna guerra o el hambre. Cambiamos nuestra definición de lo que es “el mal” con notable rapidez, casi sin capacidad para asimilar lo que ese mal significa. Asistimos en nuestra cómoda forma de vida a nuevos tabúes: el fracaso, por ejemplo; lo espiritual, también. Para muchos que están a nuestro alrededor la vanidad sencillamente no existe. Nos hemos acostumbrado a negar la presencia del peligro: “eso sucede en lugares más atrasados”, o “sois muy afortunados por vivir donde vivís”, suele decirse a las nuevas generaciones. Hemos aprendido como nunca antes a llevar nuestras fantasías a terrenos nunca pensados, y cuando comprobamos que esas fantasías no nos satisfacen, pretendemos que encajen en una realidad que se ha tornado complicada en exceso, que resulta difícil de definir. Vivir una fe, mantener creencias, plantearse cada cosa de lo que sucede… sí, pueden ser un tabú apropiado para el siglo XXI, pero no parecen elementos que pertenezcan a rituales completos en la oscuridad. Todo puede ir a peor, y hemos progresado mucho, es cierto; sin embargo, nos encanta dormir.

Dice Gerard Sorme hacia el final de la novela que “tienes que dejar de vivir como un mal actor en una obra teatral de segunda categoría. De alguna manera, tienes que empezar a vivir como es debido. Y sucede que la existencia humana se compone en su mayor parte de tabúes, leyes y reglas. De manera que lo primero que hay que hacer, si uno quiere empezar a vivir plenamente, es romper las leyes y las reglas. Esa es la sensación que tienes”. Este inconformismo, esta falta de alucinación ante lo que sucede es clave para estos (pretendidamente nuevos) tiempos que ahora vivimos.