Yokai: Monstruos y fantasmas en Japón. Andrés Pérez Riobó.
Ilustraciones de Chiyo Chida.
Satori Ediciones (Gijón, 2011).

 

Jamás olvidaré el desasosiego que me produjo descubrir que, si no estiraba correctamente las sábanas cada mañana, mi doble huido del sueño e impreso sobre la superficie de la cama podría contaminar mis noches futuras; aquello explicaba la inquietud de algunos inviernos. Yo tenía doce años.

La fuente de aquel hallazgo fue proporcionada por la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron (Anaya, 1988 1ª ed., 2003), por Michael Page con ilustraciones de Robert F. Ingpen. Ese primer bestiario provocaba terrores y fascinaciones sobrenaturales, a pesar de la advertencia implícita en el título del volumen. Esa capacidad de invocar y remover las zonas turbias de la curiosidad juvenil (sea el lector joven o anciano) la tenemos también presente en el texto que ahora nos ocupa, una colección de monstruos y fantasmas del inconsciente colectivo del Japón, recogida por el vigués Andrés Pérez (doctor en Historia, especialista en el cristianismo en el archipiélago japonés en los siglos anteriores a la restauración Meiji), con ilustraciones de la artista Chiyo Chida. De hecho, el modo de exponer las leyendas e historias relativas a estos seres que viven en la madera, la tela y la nieve es muy similar a como lo hacía Ingpen.

La segunda e inevitable referencia cultural que han acudido a mi mente con las lecturas y relecturas de Yokai es la película de Masaki Kobayashi El más allá (Kwaidan, 1964), obra maestra que trasladaba al celuloide, con vigor y sensibilidad pictórica, cuatro relatos de fantasmas japoneses contados por Lafcadio Hearn en Kwaidan, cuentos fantásticos del Japón (Alianza Editorial, Madrid, 2007). Satori, editorial afincada en Gijón que edita el trabajo de Pérez – Chida, también publicó hace algunos años un trabajo de investigación sobre el Japón fantasmal realizado por el mismo Hearn, gran introductor en Occidente de la Asia menos visitada, y reivindicador convencido del valor de las ilustraciones que conservaban todas aquellas alucinantes fábulas. En Yokai se presentan muchas de las imágenes pintadas en rollo, acompañando cada entrada de ilustraciones didácticas y cómicas sobre el yokai en cuestión (que puede ser peligroso o terrorífico, pero también divertido y amigable), demostrando hasta qué punto se asume la existencia de estos seres y la variedad de versiones y visiones existentes sobre cada uno de ellos. Tomemos, por ejemplo, a Yukionna, la mujer de nieve, que abre el film de Kobayashi. Es uno de los fantasmas más conocidos del imaginario japonés, y su historia es realmente cautivadora:

… dos leñadores, uno anciano y el otro joven, se ven obligados a pasar la noche en una choza en medio de un huracán de nieve. El joven, Minokichi, se despierta con el frío de la nieve en su cara y ve la figura de una mujer inclinada sobre el viejo echándole el aliento. A continuación, la mujer se dirige a Minokichi diciéndole: «Esta vez te perdono la vida porque eres joven y bello. Pero si alguna vez le hablas a alguien sobre mí, te mataré al momento». A la mañana siguiente, el viejo está cadáver.
Minokichi sigue trabajando de leñador, se casa y tiene diez hijos de su bonita mujer, llamada Oyuki (…). Un día, la belleza de su esposa le recuerda a la visión que había tenido hacía mucho tiempo en aquella choza, y se lo confiesa.

No reproducimos el texto completo para no desvelar todos los matices y detalles curiosos de la historia, que acaba con la mujer abandonando a Monokichi y a los niños. Sin embargo, basta este vistazo para comprobar que lo que queda de importante en el relato es, a mi entender, una profunda tristeza de fondo, debida a la pérdida tras una poderosa revelación. Y una consecuencia: explicar a los hijos que ese ser que era su madre ya no volverá a aparecer.

La consiguiente inquietud se traslada a los más pequeños con la popularidad de la leyenda: “a dormir, que viene la yukionna”. Lo que aconteció a un leñador en tiempos pretéritos se transforma en una amenaza infantil: esa mujer que vaga por los poblados buscando familias que destruir, con el fin de quedarse con los niños. De una tragedia personal nos deslizamos a un horror colectivo. Lo particular explica una vez más lo universal. Y en cada región resiste una versión distinta, aunque igualmente turbadora, para las criaturas jóvenes y adultas.

En cierto modo, comparo el trabajo de Andrés con el de Hearn. Dejándose las pestañas en manuscritos del siglo XVI y XVII, con un interés extenso y complejo que va desde la gastronomía al transporte, de los mapas a las batallas navales, del uso del color en determinadas pinturas al diseño del vestuario de los propios entes, de los matices en las traducciones a las invenciones y conjuros para ahuyentar a varios de estos espectros, a cuyo encuentro nadie puede escapar sin una marca en el cuerpo o el espíritu. Pero detengamos aquí las comparaciones con el grecoirlandés, un investigador genial aunque de complicado carácter, tan proclive por otra parte al escándalo y a los conflictos laborales y emocionales de todo tipo.

Los yokai viven en bosques y buhardillas. Sienten atracción por los objetos antiguos. Enlazan este mundo con el otro; por lo tanto, no están atrapados con nosotros en una existencia “finita”. Evolucionan y profundizan. Se individualizan y son olvidados. Son rescatados y se aferran a la tinta. Anuncian prodigios y peligros. Despiertan nuestra necesidad de interrogarnos por lo desconocido, que no lo inexistente. Mis favoritos de este manual de referencia, muy aconsejable para la hora de la merienda, son el monstruo marino Umibözu, por su forma ambigua y viscosa, y el Makuragaeshi, o vuelcalmohadas, porque todo lo que tiene que ver con sábanas se relaciona con un océano que puede estar en calma tensa y al segundo siguiente en tempestad apacible.

El mundo inefable de los espíritus nipones va más allá (nunca mejor dicho) de los yokai. También existen otro tipo de fantasmas, más melancólicos y anclados a un lugar específico, que pueden aparecer en cualquier instante, como los yürei (suelen confundirse con los primeros); o los oni, ogros y diablos tan recurrentes en el manga y la literatura, perfectamente integrados en la cotidianeidad de los japoneses, y dependientes de esas costumbres y rituales de convivencia escrupulosamente observada. Dentro del ecosistema espiritual toma presencia inesperada (pero siempre intuida) la raíz del miedo.

Gabriel Celaya expresó precisamente en su poema Satori (1976) esta raíz del miedo; a menudo los yokai tienen algo que ver con él, si bien es cierto que no pueden ser culpabilizados por ello:

Los hombres enloquecen sumidos en un sueño.
Imaginan y atacan. Son tontos y agresivos.
Por eso tienen miedo.